Aunque todavía nos quedan unos días para coger el avión de vuelta, hoy era, oficialmente, el último día de campamento. Ha venido un grupo de animadores para dar una sorpresa a los niños: un regalo disfrutar con ellos sin tener que estar preocupados en organizar las clases y actividades.
Tanto a niños como misioneros nos ha costado hacernos a la idea: parecía simplemente un día más. Pero después de toda la mañana jugando, agotados con tanta creatividad, ha llegado la hora de comer y la Hna. Isabel nos ha recordado lo que estaba pasando. Han sonado aplausos y gracias que nos han llegado al corazón y nos han hecho conscientes de que la cosa llegaba a su fin. Las lágrimas han empezado a brotar entre abrazo y abrazo en mayores y pequeños. Costaba decir adiós después de tantos días disfrutando juntos.
Tras recoger rápidamente el material que habíamos traído para la escuela y guardarlo para que puedan seguir usándolo a partir de septiembre, llegamos a casa. Un poco de descanso y después también limpieza para dejar todo bien ordenado para cuando regresen las hermanas. Una pena que durante el sueño no hayamos oído las voces de unos cuantos niños que llamaban a las puertas de casa deseosos de despedirse una vez más.
Al terminar, como volvía a llover tanto (y aprovechando la ausencia de Yajaira, todo hay que decirlo -o eso pensábamos-
) tres de los misioneros no han podido resistirse a hacer su propia versión de “Bailando bajo la lluvia”, arriesgándose a un buen resfriado como recuerdo para España. Sin embargo, coinciden: mereció la pena.
El día termina como siempre. Vísperas, rosario y cena (preparada esta vez por Olalla y Mateo). Y como mañana toca madrugar, Alma ha salido con Mateo a comprar un poco de jamón york para el sándwich que hemos dejado hecho para salir pronto. De camino han aprovechado para hacerse un par de fotos con el cartel del nombre del pueblo.
Ya estábamos terminando nuestro blog cuando apareció Yunior con su mujer y uno de sus hijos para despedirse. Su corazón está muy unido a las hermanas y a la escuela. En ella recibió toda su formación y al terminar, quiso compartir con su comunidad indígena todo lo que había aprendido como profesor.
El plan posterior era hacer pijamada, pero las circunstancias mandan, así que habrá que dejarlo para Ciudad Bolívar. ¡O para cuando vengamos la próxima vez! Adiós, Morichalito. Un trocito de nosotros se queda contigo.











