Hoy, en Morichalito, comenzamos el día con un giro cambio en la rutina. Después de 1 semana de ausencia, regresó el sacerdote del pueblo: Juan Manuel, melillense de nacimiento pero morichalitero de corazón, con más de 30 años entregado a estas tierras. Y claro, cuando el padre vuelve, no hay espacio para altavoces ni grabaciones… hoy tocaba misa presencial.
El día, sorprendentemente, fue sobre ruedas. Las clases ya marchan con ritmo firme, y la lluvia —milagrosamente— nos dio tregua justo a la hora de los juegos. Pudimos disfrutar de fútbol, baloncesto, voleibol y kickingball, lo cual causó auténtico furor entre todos los niños.
El verdadero desafío fue el encuentro de la comunidad indígena con todo el ánimo del mundo… y nos topamos con una estampida de energía pura: niños que trepaban árboles como monos, otros que se comían las pinturas como si fueran golosinas, y algunos que directamente masticaban el papel. El fútbol fue una guerra sin cuartel, y la fila del pan y la yucuta, una escena digna de Gladiator. ¿El evangelio? Una odisea. Intentar explicarlo fue como lanzar palabras al viento… o a un vendaval.
Pero en medio del caos, también hubo magia. Porque estos niños, salvajes y libres, también saben amar como pocos. Los abrazos llegaban de repente, inesperados y sinceros. Al final del día, sudados, agotados y con restos de témpera por todo el cuerpo. nos fuimos con la sensación de haberlo dado todo y de haber sobrevivido a un día más.
De regreso, compramos una saca de azúcar y jugo de durazno, para recargar fuerzas y afrontar mañana con la misma energía. Nos sentimos muy afortunados de estar aquí, intentando ser esa semilla de mostaza de la que nos hablaba hoy el evangelio.










