Consuelo 2019

Compartir todo lo bueno

Hoy va a ser un día largo, muy largo, y no menos duro. Uno de esos días que marcan un antes y un después en la vida de cada uno de los presentes, un día, que la mayoría de los presentes preferiríamos no tener que vivir. Sin embargo, todo ello solo tiene una lectura, y es muy positiva. 

Amanece temprano, ya desde primera hora, un día cálido con mucho sol. El grupo se divide, pues hay muchas tareas pendientes, tanto dentro de nuestra comunidad, como fuera de ella. 

Los más madrugadores, junto con el tío Julio, ponen rumbo al Batey La Plaza por una última vez, además, se estrena al volante la profesora Miriam, que no quería irse sin probar la experiencia.

Pero no, hoy no hay clase, vamos a entregar unas cajas con alimentos a 2 familias que lo necesitan. La primera de ellas es a la Señora Pura, maestra de la escuela del Batey, y la encargada de custodiar las llaves de la escuela durante este mes, además de prepararnos un delicioso café todas las tardes y alguna que otra sorpresa, como la arepa o los yaniqueques. 

La siguiente familia es la viva imagen de lo que es un batey. La familia de la Señora Carolina, y sus 9 hijos. Una casa de reducidas dimensiones, sin luz ni agua, aunque esto parece secundario una vez vistas las condiciones de la vivienda. Una familia que se vuelca con los voluntarios verano tras verano, y cuyos hijos, alumnos nuestros, año tras año se ganan especialmente el corazoncito de sus profesores, por su carácter y gracia particular: Chino, Gordo, Flaco, Negra, Adriani, Viejo… los más pequeños de la familia. Desde aquí les deseamos todo lo mejor, a ellos, y al resto de las familias de los bateyes: la UCE, Bejucal, La Plaza… 

De vuelta al Municipio de Consuelo, breve parada en la Escuela, que ha sido nuestro segundo hogar durante este mes, a dejar el material de las becas que aún tienen que recoger algunos alumnos becados. No hay niños, salvo algún hijo de algunos empleados del centro. Pero está repleto de profesores, que desde el lunes están recibiendo talleres formativos de cara al inminente comienzo del curso escolar. Mucha bulla, pero no la habitual de ¡profe, profe! 

Antes de salir de la Escuela Atonio Paredes Mena por última vez, nos despedimos de su directora, Isabel, o como quedará escrito en nuestros corazones, Chabelita. No hay palabras para describir su labor e implicación, tanto en la Escuela, como con los proyectos misioneros. Muchas gracias por tu ayuda, apoyo y consejos. 

El camino desde dirección al carro se complica, ya que otros empleados de la Escuela que han convivido con nosotros este mes, vienen a despedirse. Al final, no podemos evitar que aparezcan las primeras lágrimas del día. Tratamos de contenernos, pero es muy difícil cuando estas personas te dicen lo que supone para ellas o sus familias nuestra presencia este mes y la labor de la Fundación y las religiosas durante todo el año. La historia de Cristal y Elisabeth, su hija, merece ser citada en estas líneas. 

La mañana prosigue a buen ritmo, aún no son las 9 de la mañana y hemos avanzado bastante. Ahora ponemos rumbo al Zaglul, tenemos que recoger unas 22 cajas de comida más para entregar entre familias muy necesitadas de Consuelo. Nuevamente, el tío Julio será nuestro guía, conocedor de primera mano de cada una de las historias de estas personas. Historias que comparte con nosotros en el trayecto entre casas. 

El silencio en el carro es cada vez más denso, cada historia va ahondando aún más en nuestro ser, acompañadas, cada historia, con el encuentro con las personas que las protagonizan. Con ellas, y con su contexto y entorno. Se nos cae el alma a los pies. Y esto aún no ha acabado. Algunas de estas cajas de alimentos, son para las familias de nuestros alumnos, que cuando los vemos en su verdadero entorno, sin el uniforme de la Escuela, hace que seamos plenamente conscientes de la realidad que viven, totalmente ajena para nosotros, y camuflada por el uniforme que visten a diario. Inevitables los abrazos eternos y las lágrimas ahogadas y mal disimuladas. Esto también nos ayuda a comprender la importancia de una beca para ellos, la alegría, júbilo y gozo de estos chicos al recoger su oportunidad de futuro en forma de mochila y material escolar. 

Ya sin cajas en el carro, volvemos al Zaglul a recoger algunas viandas que vendrán con nosotros a España, para intentar hacer más llevadero el aterrizaje. Como no podía ser de otra forma, toca despedirse de Sujey y de algunos empleados con los que hemos tenido más trato. Sujey, con eso basta, no hay calificativos para esta mujer, gerente del supermercado, y que lo da todo por los voluntarios y el proyecto. Como sorpresa final, nos tiene preparado un detalle personalizado a cada uno, y un póster para el equipo, en el que aparecemos todos, en nuestra despedida con los chicos del Batey. Nuevamente toca disimular y hacer uso de algún que otro pañuelo de papel. Gracias Sujey, siempre estarás en nuestros corazones. 

Ahora sí, todas las tareas finalizadas, volvemos a la Comunidad para comer por última vez juntos. Una comida muy especial, por otro lado, puesto que la comunidad actual, formada por las Madres Ángeles, Dolores y Dominga, va a cambiar: las dos primeras marchan a Sabana de la Mar y Los Frailes, respectivamente; y llegan las Madres Altagracia y Clara Esther. Además, nos acompaña Madre Germaine, que ha hecho parada en su camino a Sabana de la Mar para despedirse de nosotros. 

Solo quedan algunas horas para nuestra marcha, y aún nos queda preparar nuestras maletas, que van repletas de frutas, mermeladas y café. La mayoría de nuestro equipaje se queda aquí, ya que aquí será más útil. Lo que va en otra maleta, no en las que pasan los controles, sino en la de nuestro corazón, nuestra conciencia, nuestra alma, son las vivencias y experiencias de este mes.  

Nosotros veníamos a enseñarles cosas a estos chicos y a ayudar a estas “pobres personas que no tienen nada”. Sí, en cursiva y entrecomillado. Esta es la idea de la mayor parte de las personas que hacen un voluntariado por primera vez. Luego, en el lugar y según se van sucediendo los amaneceres, descubrimos que son ellos los que nos están enseñando a nosotros, no a sumar o el abecedario, sino una lección de vida. Vivir con poco, o nada en muchos casos y, aun así, tener una eterna sonrisa dibujada en la cara, ofreciéndote todo lo que tienen. Nuestro estilo de vida y nuestra pirámide de Maslow se tambalea. ¿realmente necesitamos todo lo que tenemos y queremos para ser felices? Hace sólo unos días el evangelio de la oración matutina nos exhortaba unas primeras pinceladas. Ya lo decía otra entrada de este blog: Vivir más con menos

Las maletas se llenan, nuestros corazones rebosan, y se van sucediendo las últimas visitas para despedirse de nosotros. Cristal, acompañando a su hija esta vez, consigue que ya no sea posible disimular nada. Nos vamos, y a más de uno no le importaría perder el pasaporte y tener que retrasar el regreso. 

Pero seguro que los más ávidos seguidores de este blog, echan en falta a alguien. Efectivamente, la llegada del tío Julio no se hace esperar. No es amigo de las despedidas, y su visita es breve, pero afilada y profunda. Desgarra lo poco que queda entero dentro de nosotros. Prácticamente no hay palabras, el nudo de nuestras gargantas no permite articular sonido alguno, solo abrazos e intentos fallidos de mantener la compostura. Imposible. El tío Julio, esa persona que ninguno de nosotros olvidará jamás. No alcanzamos a dar con las palabras para expresar lo que sentimos hacia él y lo que él supone para tanta gente: sus vecinos de Consuelo, la Escuela, sus trabajadores y estudiantes, las religiosas, los voluntarios del verano, los habitantes de los bateyes, sus alumnos de la universidad, en la parroquia… Todo aquel que tiene un problema o dificultad, tiene al tío Julio a su disposición, sin importar el día ni la hora. Tío Julio, gracias. 

Finalmente llega la hora, los voluntarios junto con Madre Ángeles y Madre Dolores, que nos acompañan al aeropuerto, y Gamar (profesor de la escuela) y otro párroco, que serán nuestros chóferes. Rápida despedida de Madre Dominga, tampoco muy amiga de estas situaciones, y partimos al aeropuerto. 

Durante el trayecto a lo largo de la costa caribeña, contemplamos por última vez este paisaje, ese mar azul, la inmensa vegetación y, como no, la peculiar manera de conducir de los dominicanos. Tampoco hay muchas conversaciones, silencio y miradas perdidas. Llegamos al Aeropuerto Internacional de Las Américas. 

Facturamos maletas y nueva despedida, de nuestras Madres, sobre todo, de Madre Dolores, con la que hemos compartido todo este mes. Otro pedacito de nuestro corazón para ellas. Menos mal que estas mochilas no se facturan, sería imposible cuantificar su peso y su valor. 

Pasamos lo mejor que podemos el tiempo que queda hasta que el avión ponga rumbo a Madrid, a eso de las 20.50 hora dominicana. Aprovechamos para dar unos últimos paseos, disfrutar del último atardecer y conversar con nuestros compañeros, nuestra familia durante este mes, compartir impresiones, ideas y lo que nos espera a la vuelta, no tanto de trabajo, familia… sino lo que va a suponer esta experiencia en nuestras vidas, en nuestro día a día, en la forma de ser de cada uno, y como dar un testimonio efectivo a nuestro entorno de lo que hemos vivido y hacerles partícipes de la realidad que se ha abierto ante nuestros ojos. 

Subimos al avión, y tras aproximadamente ocho horas de vuelo, llega uno de los momentos más difíciles, no del día, sino del proyecto. Toca poner punto y seguido. Nos tenemos que separar. Por segunda vez (no nos olvidamos en ningún momento de Nacho y Almudena). Muchas gracias a Madre Ana Rosa y a Enci por venir a esperarnos, cuando hacía unas horas que habían llegado de su Proyecto en Evinayong. 

Ninguno quiere sentir estas emociones que tanto duelen, pero todo tiene su parte positiva, y este dolor, también lo tiene. Este dolor, este sentimiento de no querer despedirse, de que esto no acabe, no es sino la confirmación de que nosotros hemos estado en el Proyecto de Verano, pero el Proyecto ha calado en nosotros, ha llegado al fondo de nuestro ser y, desde ahí, nos transforma. Y eso duele. Un dolor, sinónimo de gozo y alegría, por los niños que hemos conocido y todo lo que nos han transmitido; de cada una de las personas que nos han ofrecido su ayuda para hacernos nuestra estancia más cómoda; por la Comunidad Concepcionista de Consuelo, que se ha convertido en HOGAR; por los voluntarios, que han pasado de ser desconocidos, a ser prácticamente familia; por nombres propios… 

Un día largo y muy duro, pero rebosantes de gozo, alegría, vitalidad y amor. Todo ello, trataremos de llevarlo a nuestra rutina y repartirlo, puesto que: 

Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis
Evangelio según San Mateo 10,7-15