Empieza a convertirse en tradición. O quizás deberíamos decir que ya hemos llegado a un acuerdo con el gallo del barrio: nosotros nos despertamos antes que él para darle tiempo a organizarse y empezar su concierto diario. No sabemos quién madruga más, pero la realidad es que las mañanas en Camerún empiezan muy temprano… y nosotros ya nos estamos acostumbrando.
Con el día recién estrenado nos dirigimos a la iglesia de Konkana para celebrar la Eucaristía. Un momento de calma antes de comenzar una jornada intensa, en el que pudimos poner en manos de Dios todo lo que estamos viviendo y todo lo que aún nos queda por compartir.
Después llegó el desayuno y, casi sin darnos cuenta, ya estábamos repartidos por las aulas. Las clases y los talleres suceden a un ritmo que hace que las horas vuelen. Poco a poco vamos aprendiendo los nombres de nuestros alumnos, ellos conocen los nuestros y ya empiezan a aparecer las bromas, las risas y esa confianza que hace que enseñar y aprender sea mucho más fácil. Cada día estamos más cómodos con nuestros chicos, y ellos con nosotros. Se nota, y mucho.
Tras la comida, la tarde cambió completamente de ritmo. Salimos a visitar varias familias de la comunidad para llevarles ropa, enseres y alimentos. Pero, una vez más, descubrimos que lo más importante no era lo que llevábamos, sino el tiempo que compartíamos con ellos.
Entrar en sus casas, escuchar sus historias y conocer de cerca cómo viven nos ayudó a entender un poco mejor la realidad de muchas familias camerunesas. Cada conversación, cada sonrisa y cada testimonio nos dejó el corazón un poco más encogido. Es difícil explicar con palabras lo que se siente cuando alguien que tiene tan poco es capaz de recibirte con tanta dignidad, tanta gratitud y una sonrisa tan sincera. Volvimos conmovidos, conscientes de que estas visitas nos están enseñando tanto o más de lo que nosotros podemos aportar.
De regreso a la comunidad compartimos el rezo de vísperas, un momento perfecto para agradecer todo lo vivido durante el día y poner nombre a tantas emociones que todavía estamos intentando ordenar.
Y como no todo iba a ser emoción, la jornada terminó con un auténtico lujo gastronómico. Cristina y Rodrigo se pusieron el delantal y nos regalaron una magnífica tortilla de patatas que, de vez en cuando viene bien recordar nuestra gastronomía.
Eso sí, la cena fue tempranera. Había un motivo de peso: dejarlo todo recogido para poder sentarnos tranquilos a disfrutar del partido. Porque sí, incluso a miles de kilómetros de casa, el fútbol también encuentra la manera de reunirnos, y si ganamos, mucho mejor.
Cada día en Camerún nos deja nuevas experiencias, nuevas personas y nuevas razones para dar gracias. Y lo mejor de todo es que todavía queda mucho camino por recorrer.
Cuando el corazón aprende más que los libros.
14 de julio de 2026
Suscripción al Boletín
Si quieres estar informado de las últimas actividades, noticias y causas de la Fundación Siempre Adelante, rellena el siguiente formulario y te enviaremos todas las noticias a tu correo.
¡No te lo pierdas!
[/db_pb_signup]
