Buenos días, mundo.
Aquí, en Evinayong, los días no empiezan: se estrenan. Y hoy tocó estrenar uno nuevo. Como siempre, madrugamos, porque la misión no espera. Bajo las escaleras y me encuentro a Ana Rosa ya en modo “milagro matutino”, preparando el café como si fuera un sacramento. Miguel y yo ponemos la mesa, que queda lista para cuando volvamos de misa. Recargamos el bidón de agua —nuestro tesoro líquido— y nos marchamos a la eucaristía para arrancar el día con paz y propósito.
Al volver, nos sentamos a desayunar. Hoy se une el padre Eusebio, que bendice la mesa con esa serenidad que solo tienen los que han visto mucho mundo. Entre sorbo y sorbo, Marisol nos cuenta las dudas y esperanzas de su hijo sobre la fe y su deseo de confirmarse. Conversaciones que te tocan, que te recuerdan que aquí todo importa.
Termina el desayuno y empieza la batalla del fregoteo. Esta semana le toca a Primaria, así que nos ponemos manos a la obra. Ya somos expertos en convertir montañas de platos en llanuras limpias.
En clase, hoy tocó Matemáticas, esa asignatura que hace sudar más que el sol ecuatorial. Los alumnos se esfuerzan, pero se nota que les cuesta. Y ahí estamos nosotros, para acompañarles en cada número que se les atraganta.
Llega el recreo y toca subir al instituto para continuar con la liga de los profes. Y sí: volvimos a ganar. Segundo partido consecutivo. Empieza a ser preocupante… para los demás, claro. Nosotros ya estamos pensando en levantar la copa, jajaja.
Después, vuelta a clase, limpieza y comida. Un rato de charla, fregar rápido y salida hacia el poblado del padre Emiliano (Embe Bosque). Hoy probamos una ruta nueva para evitar tantos saltos. Spoiler: menos saltos, pero más risas.
La visita a Embe Bosque fue, simplemente, espectacular. Cantamos con los niños, hicimos abalorios, repartimos pomperos para hacer pompas (o “ponpas”, como dicen ellos), entregamos medicamentos y jugamos al fútbol. La felicidad con la que nos reciben es algo que no se puede explicar: hay que vivirlo. Te miran, sonríen y te recuerdan que la alegría más pura no necesita nada más que presencia.
De vuelta, rezamos las vísperas y nos vamos a cenar mientras vemos el España–Francia. De momento, 2–0 para España y a punto de terminar. Y aquí lo celebramos como si estuviéramos en el Bernabéu.
Un día más lleno de vida, de servicio y de esos momentos que te hacen decir: sí, mereció la pena venir hasta aquí.
