Comenzamos el domingo con la rutina de siempre: el sonido del despertador un poco más tarde de lo normal y un desayuno compartido en compañía del padre Juan Manuel y Julio, amigo de las hermanas y guitarrista de la eucaristía de cada domingo.
Las ganas de ir a misa hoy eran más grandes que otros días, por varios motivos. El primero: poder disfrutar en directo de la canción “Cordero de Dios”, tocada por Julio. Llevamos desde el domingo pasado contando los días para volver a escucharla, y toda la semana rogándole a Isabel que se la aprendiera (todavía no ha sido posible, pero tenemos fe en que, cuando menos lo esperemos, nos sorprenderá).
El segundo motivo ha sido reencontrarnos con algunos niños del campamento. Los días van pasando, y el cariño hacia ellos crece sin parar.
Al volver de misa, repartimos las tareas. Alma y Olalla terminaron por fin de clasificar todos los medicamentos en cajas, etiquetándolos con sus nombres y usos. Isabel compartió una buena conversación con Luzmila, que tiene familia en el colegio concepcionista de Segovia, y Yunior, exalumno indígena concepcionista con quien comparte varias amistades. Mientras tanto, Mateo, cómo no, jugaba al fútbol con los hijos de Yunior, aunque acabaron bailando bachata y salsa siguiendo los pasos de Alma.
Como cada domingo por la tarde, visitamos la comunidad indígena a la que acudiremos durante la semana. En este caso, mañana iremos a Las Piñas, la comunidad más pequeña de todas. De regreso, y por la cercanía con Ekunay, fuimos a ver a la niña que tenía unas heridas graves en las piernas. Para sorpresa de todos, han mejorado rápidamente, lo que hizo que el viaje de vuelta a casa nos mantuviera con una sonrisa de oreja a oreja. Nos alegra ver cómo nuestras pequeñas acciones pueden transformar la vida de otros.
Terminamos el día con una adoración en la que sentimos al Espíritu Santo muy presente en cada uno de nosotros. Un día más superado con éxito.






