Cada hora que pasa aquí se siente como un torbellino. Estamos en el epicentro de una experiencia que, me atrevo a decir, no deja indiferente a nadie.
Poco a poco, vamos encajando en esta rutina que nos envuelve. Prueba de ello es la puntualidad guineana que hoy nos ha llevado a misa a las 7 de la mañana. Ha habido algún que otro bostezo, claro, pero ni los gallos han logrado hacer sombra al coro de evinayonses que hoy alzaban la voz por la Virgen del Carmen. Yo lo he sentido como un rotundo “¡buenos días!”.
Después, ya sabéis: clases, clases y más clases. Por ahí me han dicho que en Primaria se las han gastado a base de Vaiana (o Moana)… Pero bueno, los de ESBA no podemos quejarnos: ¡vaya partidazo de basket nos hemos marcado! Porque ya sabéis: los últimos serán los primeros en el Reino de los Cielos.
Como manda la tradición, hemos asistido religiosamente a la comida. Para algunas, ha sido toda una sorpresa encontrarse con un plato de pasta sobre la mesa. Qué decir… estas hermanas, como dirían mis padres, nos tienen “pasaítos de colirio”.
La tarde nos ha regalado otro momento especial: hemos trepado por las paredes del Colegio Carmen Sallés. Poco a poco, nuestras letras han ido sellando cada rincón. Personalmente, ha sido emocionante ver cómo, a medida que avanzábamos, se acercaban alumnos y exalumnos a deleitarse con nuestro trabajo. Se sentaban alrededor, supongo que reconociendo el cambio dentro de lo que ellos siempre considerarán su hogar.
Y el resto del día, como ya es costumbre, de primero, vísperas a la francesa y, de segundo, croquetas en manos de nuestra nueva chef, Anne Rose.
Volviendo a lo que decía al principio: hemos alcanzado el punto medio de esta aventura y se nota. Yo misma percibo en mis compañeros una transformación. Al fin y al cabo, lo que aquí vivimos cada día nos sacude, nos desarma, nos enseña, nos desconcierta… y nos bendice.











