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El diluvio universal

11 de agosto de 2025

Como ya viene siendo habitual, ha amanecido lloviendo. O más bien, diluviando. El pobre Julio (que es diácono permanente y vive en Los Pijiguaos) ha llegado caladito hasta los huesos. Tampoco se ha quedado atrás el P. Juan Manuel, ya que los dos han desafiado a la lluvia para venir a desayunar a casa. Además, había otra invitada especial que nos acompañará estos últimos días de Morichalito: Neyla, la sobrina de M. María, que llegó ayer casi a las 4 de la mañana tras un largo viaje en autobús de más de 12 horas.

Ir a la Eucaristía dominical también ha sido toda una odisea. Mateo, con chubasquero y ropa impermeable, se ha ofrecido a abrir el garaje para que todas las demás pudieran ir en carro hasta la puerta de la Iglesia y salir de una en una corriendo con los paraguas para no mojarse. Dentro no había casi nadie porque la calle parecía el Orinoco, por lo que pocos habían podido ir, así que la misa ha sido en familia chiquitita.

Después de llegar a casa, algunos de los misioneros se han quedado compartiendo mientras que M. Isabel, M. Yajaira y Neyla iban a por gasolina. Al parecer, la media hora de esperar el turno de hoy ha sido un paseo, ya que como estaba lloviendo, había mucha menos gente. Como la zona está tan lejos, la gasolina “dolarizada” solo llega cada 3 meses. Además, solo se puede echar si tu matrícula coincide con pares o impares, según la vez. Nos parece increíble que con los 35 litros que les dejan echar puedan estar tanto tiempo.

Al llegar, han comenzado los preparativos para la comida de despedida. A ritmo de salsa y bachata (Alma y Yajaira de profes, Mateo de alumno aventajado) se han ido haciendo en la parrilla los trozos de carne. También las cachapas han sido todo un éxito. Y el bizcocho de César no se ha quedado atrás.

El plan de la tarde se ha visto alterado en un par de ocasiones. Primero habíamos pensado cine, pero como el sol salió para la comida, nos emocionamos con una visita al caño de Las Piñas. Sin embargo, las nubes regresaron y tuvimos que volver a la idea inicial. Montar el proyector que tomamos prestado de la escuela y mover las camas para preparar el lugar fue lo de menos. La película se demoró más de una hora porque la suscripción a la plataforma había caducado. Menos mal que los padres y el hermano de Olalla pudieron al fin solucionarlo (desde aquí les mandamos un inmenso gracias).

El momento de la oración nos tocó a todos el corazón. Este es el último domingo que pasamos en Morichalito y queríamos agradecer todo lo vivido y compartido. Las semillas que Jesús ha sembrado a través de nosotros sabemos que darán mucho fruto, porque lo hemos dado todo, todo, como Él nos pidió.

Ya al terminar el día, se acabó la bombona de gas y Mateo estuvo aprendiendo con César cómo funcionaba. Ya había intentado imitarlo arreglando el armario de las chicas con un poco de aceite (con mucho acierto). ¡En la misión hay de todo!

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