Hoy hemos amanecido huérfanos. Ana Rosa y Marisol ya se habían lanzado carretera arriba rumbo a Bata con un cometido —nada menor—: dejar a Gemma y Pilar en el aeropuerto (¡os echaremos muchísimo de menos!). Así que los “niños” nos hemos quedado solos, sabiendo que nos enfrentábamos, ni más ni menos, al último día de clases del curso de verano.
La mañana ha transcurrido bajo el signo de la celebración: concursos, pruebas finales, repasos atropellados y, cómo no, entrega de premios. ¿Qué mejor forma de coronar el esfuerzo de tantas semanas que con bolígrafos fluorescentes, pulseritas dignas de una verbena de agosto y subrayadores con vocación pedagógica? Todo un despliegue logístico al servicio de la causa educativa.
A media jornada, y contrariando nuestras inclinaciones deportivas, se ha suspendido el esperado partido de baloncesto entre Japón y Estados Unidos. El motivo era de peso: el padre Alberto nos había invitado a las fiestas patronales de su pueblo, y ya se sabe que a un cura con agenda social no se le dice que no. Así que, obedientes y con el hambre acumulada de tres clases seguidas, nos hemos subido a la furgoneta, rumbo a una intrigante experiencia folklórica.
La tarde se ha deslizado entre casas, vasos y platos. Hemos visitado familias, comido sin disimulo y brindado —con mesura litúrgica— junto a algunas personalidades locales, cuya influencia es directamente proporcional a la contundencia de sus guisos. Entre saludos, fotos y una cierta confusión sobre qué plato era el cuarto y cuál el séptimo, hemos sido testigos de un épico duelo futbolístico entre equipos del lugar. Un derroche de sudor y barro. Eso sí, no llegamos al pitido final: tocaba regresar.
El retorno ha sido con tiempo para pasar por ESBA, donde los alumnos y exalumnos del Colegio Carmen Sallés se entregan cada tarde al noble arte del deporte. Allí, entre canastas algo desviadas, palmas bien acompasadas y algún cante más voluntarioso que afinado, hemos cerrado el día con una suerte de comunión emocional difícil de describir. Entre charlas, bailes y risas vamos intuyendo que el final de esta aventura se adivina ya a la vuelta de la esquina. Y pesa. Vaya si pesa. Nos costará despedirnos de estos ratos, de esta gente que nos ha calado sin hacer ruido.




















