Hoy nos hemos despertado, como cada día, con el canto de los gallos. Sin embargo, esta vez han decidido saludarnos un poco antes de lo habitual, así que nuestro día ha empezado más temprano, acompañados por ese coro que ya forma parte de nuestra rutina. Después, como todas las mañanas, nos hemos preparado para ir a misa.
Al volver, hemos disfrutado del desayuno que nos han preparado las hermanas, y como costumbre, estaba genial. Luego, cada uno ha dado sus respectivas clases, era el último día de la semana, y ya se les notaba en la cara a los niños. El cansancio se va acumulando, pero también la satisfacción de ver la mejora de cada alumno.
Para los chicos de primaria, hoy ha sido un día especial. Como era viernes, han podido disfrutar de actividades diferentes: los mayores han podido jugar al fútbol después del recreo, y los pequeños jugaron a la comba. Además, han tenido la suerte de salir antes. Eso sí, antes de marcharse, no se han librado de cumplir con su responsabilidad diaria: limpiar la clase y dejar todo listo para el próximo lunes.
Después de comer, la tarde exigía que nos organizásemos en dos grupos. Por un lado, algunos se quedaron en el instituto, que esa tarde abría sus puertas especialmente para los niños de secundaria. Allí pudieron disfrutar de partidos de baloncesto y fútbol, compartiendo risas y fortaleciendo esos vínculos que se han ido tejiendo día tras día.
Mientras tanto, el otro grupo, acompañado por Mamá Venancia, que les guio con cariño y conocimiento del terreno, se dirigió a visitar los hogares de algunas de las familias más necesitadas. Llevaron con ellos alimentos, medicinas y otros elementos básicos para el día a día. Fue un momento intenso: un duro golpe de realidad que mostró, sin adornos, las carencias con las que muchas personas viven aquí. Sin embargo, también pudieron ver la gratitud honesta en sus miradas, algo que tocó profundamente el corazón.
Poco a poco, con los pequeños golpes de realidad como los de hoy; vamos comprendiendo con mayor claridad cuál es nuestra verdadera misión en este lugar.
Al regresar, nos reunimos todos para compartir la oración, que hoy resultó especialmente significativo. Luego nos esperaba otra deliciosa cena preparada por las hermanas, y como no, había salchichón y lomo para acompañar, imposible sentirse más en casa.
Cerramos el día con una sesión de reflexión sobre estos primeros días de misión, donde cada uno pudo expresar lo que estaba sintiendo: alegrías, sorpresas, preguntas y también algunas penas. Fue un momento de escucha y de comunidad que nos unió aún más.
Así termina el día y nuestra semana lectiva, con varias emociones encima de la mesa que nos hacen tener presente el objetivo de esta misión.









