Nada nuevo por las mañanas a estas alturas, salvo que Isabel se ha quedado sin voz y no ha podido cantar en misa. A cambio, Juan Manuel, el párroco, nos ha sorprendido con una sesión de beatbox durante el “Santo, santo, santo es el Señor”. Inolvidable.
Hoy era el esperado día de la gymkana (jalando el mecate = tira de la soga, ha sido todo un éxito). Los niños lo sabían y las clases han sido algo más difíciles de llevar. Pero en cuanto han empezado los juegos, las carreras se han convertido en la nota común y los gritos, en el himno oficial del día. Para comer hemos tenido una grata sorpresa: arroz con pollo y plátano frito. A la una de la tarde, con el cansancio acumulado de toda la semana, aquello nos ha sabido a auténtico manjar. Mientras tanto César, nuestro manitas a la carta, ha fabricado y montado un filtro casero de agua para recoger el agua de la lluvia. Nos ha parecido una obra maestra sinceramente.
Ayer os hablamos del perro Yimmao. Pues bien, hoy hemos dado un paso más y lo hemos adoptado para la casa (no sin insistir un poco a la Madre Yajaira). Por suerte, la Madre María ha inclinado la balanza a nuestro favor… o mejor dicho, al favor de Olalla, que ha vuelto a casa más feliz que unas castañuelas.
Aplicando métodos de desinfección a la vanguardia de la medicina animal (o casi), lo hemos bañado con aceite de motor usado para quitarle las garrapatas y curarle algunas heridas que, para su corta edad, eran sorprendentes. Madre María le ha cocido unos pellejos —sí, sí, ¡le ha cocinado unos pellejos de pollo!— y nos hemos echado la siesta ya como padres adoptivos de un cachorro.
Después, hemos hecho nuestra última visita a Ekunay. Como diría Alma, “hoy tocaba arroz con cosas”. También hemos repartido medicamentos en la comunidad y jugado con varios niños que se han animado a hacer dominadas con ayuda de Mateo, alguno otro niño también ha querido volar un rato. ¡Ah! La niña de ayer, la que tenía una herida grave en la pierna, hoy la tenía casi curada. Nos hemos llevado una alegría enorme. Solo pensar que algo de lo que hacemos da fruto nos llena de orgullo y energía para seguir adelante.
Antes de irnos, entregamos los balones a la comunidad. La despedida ha sido dura, la segunda que nos toca afrontar… Pero es lo que tiene trabajar con niños: les coges cariño enseguida.
Al regresar a casa, hemos intentado jugar al bingo online, aunque ha sido un intento fallido: se fue la luz justo al comenzar. Aprovechamos entonces para rezar el rosario y las vísperas.
Y para cerrar el día, un “juego guineano”: el clásico “cambio” de toda la vida, aunque a Alma le hace ilusión llamarlo así, y estamos aquí también para eso: para hacer feliz a la gente. Incluso si eso implica acabar tocando en una batucada improvisada.
Mañana, misa a las 7h. Algunos dicen que no toca madrugar porque podremos dormir una hora y media más. Así de rutinario se ha vuelto todo.
Llegamos al ecuador de nuestra misión, con fe y alegría.















