Comenzamos el día con una innovación de la Madre María: huevos fritos con arepas, todo un manjar. El día, la verdad, pintaba un poco feo, ya que comenzó a diluviar bien temprano y no paró hasta pasada media hora de clase. Lo bueno es que los niños fueron llegando con cuentagotas (nunca mejor dicho), y los salones se fueron llenando hasta recuperar casi por completo la asistencia habitual.
De hecho, tan habitual fue, que los niños más pequeños no querían jugar: ¡querían clase formal! Música para los oídos de la Madre Isabel, que lleva una semana entregada en cuerpo y alma. Risas y bailes con el concurso de danza a la hora de la merienda: todo un éxito, y una demostración de que la globalización existe, puesto que la canción elegida fue «Vitamina». Luego vino la parte más fácil: los juegos. El único reto, controlar a los más peques, pero nada que un par de carreras no pudiera arreglar.
Para terminar el día, vuelta a Morichalverde. La novedad de hoy es que llevamos unos bancos que hacían mucha falta. Aunque uno de los bancos se cayó para atrás durante la lectura del Evangelio y dejó a grandes y pequeños con un buen susto y patas arribas. Hubo juegos con los peques y fútbol con los mayores.
Ya nos vamos conociendo más, y los temas de conversación surgen de forma espontánea. Se disfruta el camino de vuelta al aire libre, en la parte trasera de la pick-up de la congregación. Solo nos quedaba organizar la gymkana de mañana y comernos unas riquísimas empanadillas que nos preparó la Madre María, mientras cenábamos entre risas, contando anécdotas.










