Amanecimos como nos acostamos, con gallos cantando. No sabemos lo que les pasa, pero cantan a todas horas. Y también nos hemos levantado sin luz. Lo que podría ser un problema serio, en el Colegio Carmen Sallés está algo mitigado. Gracias a la previsión y vuestras ayudas, la casa, el convento, tiene un circuito alimentado por energía solar y al menos por la noche, nos vale. Los enchufes son otra cosa. Del pozo no sube agua sin la bomba, así que las hermanas Martina y Patricia han comprado agua embotellada para el desayuno y la comida. Las baterías de los móviles empiezan a menguar. Drama.

Las clases no han sufrido problemas. Sí ha pasado que muchos chavales han llegado tarde. La falta de luz les demora. En algunas casas no va el agua, y muchos padres mandan a sus hijos al río a bañarse. Los talleres, salvo el de cine por razones obvias, han seguido su curso. El grupo de 6º se ha venido al taller de deportes. Resulta difícil sacarles del fútbol. Solo quieren eso. El balón prisionero poco a poco va ganando aficionados.

Antes de comer ha venido Juan, un artesano de la madera a ofrecernos sus trabajos que hace en un taller a las afueras de Bata. Tras la comida han venido algunos de los mayores de ESBA a jugar al fútbol. Hasta que la casa ha quedado vacía.

El grupo de Julia, Andrea, Enci y Magdalena han ido al instituto, a seguir pintando las líneas del campo de fútbol. Sarni, la perra que guarda el edificio, ha salido como loca a recibirlas.

Ana Rosa, Martina, Patricia, Lucía, Almudena y Daniel han ido al barrio de Tomasi, con la intención de visitar varios ancianos. Para ir a Tomasi hay que girar a la derecha nada más salir del colegio, junto a la gasolinera. Y al llegar a la rotonda, otra vez a la derecha. En ese cruce de caminos siempre hay actividad. Es donde están asentados los comercios de gente de Camerún, Malí, Mauritania o Benín. Por la calle nos saluda todo el mundo. Los ecuatoguineanos son así de cumplidos. Todos los niños se te acercan y te dan la mano. Y los que están más apartados alzan las manos para que les veas. Los mayores, más contenidos, desde sus asientos a la puerta de su casa, o de un bar o una peluquería, te saludan curiosos. De camino nos hemos topado con una estampa cómica. Un niño, que no te llegaría ni a la altura de la cadera, cargaba con una garrafa amarilla llena de petróleo. Cada tres pasos que daba se le caían los pantalones. Soltaba la garrafa, se afanaba, y volvía a caminar. Nos hemos ofrecido a llevársela, y más adelante hemos encontrado a su hermana mayor que también cargaba con otra. Después de caminar por la calle principal nos hemos internado entre cabañas y casas por caminos llenos de barro, hasta finalmente acabar en medio del campo y llegar a su casa en donde estaba su abuela con el resto de los nietos y unos hijos que, bien podrían haber hecho la tarea de los pequeños. Retomando nuestra tarea, nos hemos encontrado con “Negrita”, una niña muy pequeña que se ha dejado querer y abrazar por todos nosotros. En esa pausa hemos visto en nuestro camino a otros niños cargando con garrafas llenas de agua sobre sus cabezas, subiendo desde el río.

Lucía era nuestra primera visita. Reconocemos su casa por una vieja cortina roja en la puerta. Le hemos llevado una garrafa de petróleo. No tiene luz en su casa, tan solo un quinqué. Lucía apenas puede moverse, vive en su catre, con una vieja mosquitera sobre su cabeza. Está en una cabaña de madera, ocupando apenas tres metros cuadrados. El resto de la habitación es un gran tendedero cubierto. Diríase que la dejan vivir allí. Sus enseres son apenas dos platos de chapa y algún utensilio más. Y su preciado quinqué. Le hemos dado galletas. Mientras todos estábamos fuera rellenando el quinqué con el petróleo y encendiéndoselo, Almudena ha quedado dentro. La anciana tenía entre sus manos los paquetes de galletas. Estaba famélica. Pero antes de comer, ha bendecido con esas manos tan arrugadas las galletas. Y hoy habrá comido algo. Cuando nos íbamos del lugar nos preguntábamos en qué podríamos haberle cambiado la vida, con la cantidad de necesidad que padece. Echando la mirada atrás, como un guiño, desde lejos se veía la luz que le hemos dejado. Con todo esto, ni nos hemos percatado de la que se avecinaba.

En el instituto, cuando rehacían las listas de cinta de carrocero para marcar las líneas del campo, Magdalena sí ha visto el cielo negro que se les echaba encima. Han recogido como han podido y se han vuelto a casa, caladas por la lluvia.

Mientras, el grupo de barrio no se ha dado cuenta hasta que lo tenían encima. ¿Has visto llover alguna vez en los trópicos? Imagínate en el Ecuador. Recuerda la lluvia más grande que hayas vivido. Se queda corta. Las gotas caían tan grandes y fuertes que al principio parecía que granizaba. Aprovechando un par de aleros de unas casas nos hemos refugiado hasta que la mamá de Graciela nos ha acogido en su casa. Unas completas desconocidas que dan cobijo a unos blanquitos perdidos en medio de un barrizal. Sentados en su salón hemos aguantado un buen rato. Como los tejados son de chapa, la lluvia hacía un ruido grandísimo. Escampa, y decidimos echarnos a la calle. Los caminos se habían vuelto ríos. Como pudimos, salimos de aquella zona, buscando la calle principal, asfaltada. Pero antes de llegar a ella, otro chaparrón. Una vez que te has mojado y ensuciado, te mueves con más soltura. Así que a buscar otro alero. Andrés Mateo, nos veía desde el porche de su casa con una gran sonrisa. Al momento, nos ha hecho señas para que fuésemos con él. Nos ha sacado sillas y allí hemos visto llover. Hemos intercambiado las típicas preguntas. Nombres, origen, esta ciudad, Bata, y el tiempo, claro. A Andrés le parece “extrañoso” que llueva en esta época. Me he quedado con esa palabra, me pareció cariñosa. Desde la casa de Andrés ya se veía la calle principal. Han pasado niños con el pelo lleno de jabón. Se lo echan y salen a la calle a terminar de ducharse con la lluvia.

Preguntando a unos y otros, andando ya por la calle principal y con la alegria de ver luz en las farolas, hemos conseguido llegar a casa de Julia. Vuelve a chispear. Su casa no necesita luz, es ciega. Y para colmo de males medio sorda, muy anciana. También vive sola. Tiene cerca gente que de cuando en cuando parece que la cuida. Apenas habla, y casi todo en fang. Una niña, nos ha servido de traductora. Ana Rosa le ha llevado la comunión. Ha sido un momento de oración, iluminados por la linterna de un móvil, muy emotivo. Al salir ya no llovía. Anochece, y se oyen los grillos con muchísima fuerza.

Deambulando entre las casas hemos encontrado a una niña que va al curso de verano junto con sus amigos. Es normal, a la hora que sea, encontrarse pandillas así. Uno de ellos, muy pequeño, venía completamente desnudo sujetando en su mano una camiseta. Ella nos ha llevado a casa de María. Hemos querido rezar el padre nuestro en fang en las dos ultimas casas, pero nadie nos ha sabido orientar. Tras darle la comunión y orar todos juntos, le hemos dado leche y galletas, como a Julia.

Con el retraso de la lluvia no hemos podido hacer más. Entre casas más apretadas hemos salido otra vez a la calle y desandando el camino hasta el colegio. Al llegar teníamos preparado un haz de leña para llevar mañana a otra casa. Papa Nicolás nos lo ha conseguido.

En casa, por fin hemos retomado nuestra rutina. Con luz mucho mejor. No nos damos cuenta, pero sin luz o sin otros servicios básicos, nos quedamos paralizados. Aquí, como en otros sitios del mundo, no. Es muy distinto ver el tercer mundo por la tele a verlo en carne y hueso.

Por mucha oración que hayamos hecho antes de la cena, lo verdaderamente espiritual son Lucía, Julia y María. Porque ellas son un milagro. Es un milagro que estén vivas en este caos de mundo, con prácticamente nada, con una salud cada vez más menguada, solas y sin recursos. Y digamos la verdad, siendo mujeres, que es más duro. Sus manos callosas, sus muecas al sonreír, su gratitud, su recogimiento al comulgar y orar, son un milagro con mayúsculas.