Tras de una noche de lluvia, la mañana ha amanecido todavía un poco oscura y con todos los charcos resucitados rellenando los huecos del camino. Con el temporal, el wifi no acababa de funcionar y hemos tenido que invertir el orden, desayunando primero y dejando la Eucaristía online para después.
Las clases han ido dentro de la normalidad. Nos sigue sorprendiendo cómo hay tanta disparidad de niveles dentro de un mismo aula, y buscamos una y mil formas de ayudar a todos. En la merienda los grupos de baile han triunfado, poniéndonos a todos en movimiento. Después hemos hecho talleres. Bueno, uno eran fútbol y voleibol; otro baile… y luego manualidades (que ya estamos preparando la decoración para el día de despedida). Cada uno podía elegir lo que quisiera, lo que nos ha hecho enfrentarnos a mayores que no dejan jugar a los pequeños o algunos que no dejaban de dar vueltas indecisos.
La siesta ha hecho que recuperemos fuerzas, para ir a Las Piñas, aunque Olalla se encontraba indispuesta y ha preferido quedarse en casa para estar mañana al 100% en el colegio. Nada más salir de casa, hemos visto riadas de gente con bombonas yendo hacia un descampado. Nos han explicado que el servicio de gas viene cada mucho tiempo y deben dejar las vacías, sus datos y el pago para que se las rellenen. Ya en la comunidad indígena hemos pasado por todas las estaciones del año: tan pronto hacía un calor insoportable, como se nublaba y soplaba el viento. Los futbolistas han cambiado de plan dos o tres veces mientras las chicas jugaban al volley y los pequeños se entretenían con un balón, hasta que al final se han puesto a colorear mientras los más chiquitos se volvían locos con las pompas. De pronto, ha empezado a tronar, y la merienda se ha acelerado: tan rápido íbamos que hasta Alma ha dejado dentro de la bolsa de pan una mosca dándose un auténtico manjar. Menos mal que la hermana Yajaira se ha dado cuenta a tiempo.
Ya de vuelta, Mateo ha salvado a Alma de la fiebre, porque la experiencia del año pasado le hizo escarmentar: cuando llueve, no se puede ir en la parte de atrás de la pickup si no quieres acabar en cama. Hemos parado en nuestra tienda de confianza y por fin ha llegado el momento: después de una cuidadosa elección, Mateo se ha comprado su chinchorro (el del año pasado había pasado a mejor vida).
Como todo se adelantó con la lluvia, parecía mentira que tuviéramos tanto tiempo libre en casa. Imitando la productiva tarde de Olalla, algunos de los misioneros se han sentado a ver llover bajo la chuluata. Allí han conversado de la vida mientras se daban cuenta de que en algunas de las comunidades que visitamos también se estarían mojando, como ellos. Mientras, las hermanas rezaban o aprovechaban para adelantar trabajos. Terminamos con rezo, cena y preparación de los juegos del día siguiente justo antes del ya típico “juego guineano”, aunque algunas hoy no podían contener la risa porque Mateo, que iba ganando, no se ha dado cuenta de las trampas.







