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¿Quién pensó que hoy iba a ser un día tranquilo?

26 de julio de 2026

Hoy hemos comenzado un sábado de Santiago con la certeza de que ya era nuestro último fin de semana en Camerún. Como ya es costumbre, el despertador sonó muy temprano para acudir a la Eucaristía de las seis de la mañana, en nuestra iglesia de siempre. Hoy además, también tenemos un recuerdo especial para Santa Carmen.

El plan para la jornada parecía sencillo: hacer las compras habituales para la comunidad, recorrer los mercados de alimentos y de carne del barrio de musulmán y aprovechar para buscar algún recuerdo que nos acompañe de vuelta a España. Pero ya hemos aprendido que en Camerún los planes casi nunca terminan exactamente como empiezan… y eso es parte de su encanto.

Nos encontramos con un auténtico hervidero de vida. Calles repletas de gente, puestos de todo aquello que uno pueda imaginar y edificios convertidos en auténticos laberintos comerciales donde parecía posible encontrar cualquier cosa. Más de una vez estuvimos convencidos de que, si nos descuidábamos, acabaríamos dando la misma vuelta tres veces… aunque tampoco habría sido un problema, porque siempre había algo nuevo que descubrir.

Entre todo ese bullicio encontramos un pequeño mercado de artesanía. Allí pudimos comprar algunos recuerdos muy especiales y, quizá, el más entrañable de todos: las figuras de un belén al estilo camerunés. A partir de ahora, en nuestra Navidad habrá un portal de Belén con animales africanos, recordándonos que el mensaje de Jesús llega a todos los rincones del mundo y que cada cultura lo expresa con su propia belleza.

Por la tarde nos esperaba otro gran desafío: continuar pintando el mural del colegio. Confesamos que, por momentos, el reto de cubrir de con letras azules todo ese mural blanco parecía casi más difícil que subir la montaña el primer sábado en Camerún. Pero, brocha a brocha y con mucha paciencia, el mural fue transformándose. El nombre de nuestro colegio y el escudo de nuestra congregación ya lucen con orgullo y, aunque todavía nos queda darle el último retoque mañana, el resultado empieza a parecerse mucho a lo que habíamos imaginado.

Terminamos el día con esa satisfacción que solo dejan las tareas hechas con cariño. Después de una cena más que merecida, volvimos a reunirnos para compartir las anécdotas de la jornada. Porque aquí estamos aprendiendo que, cuando uno viaja con el corazón abierto, incluso la compra más sencilla o una brocha llena de pintura pueden convertirse en una experiencia inolvidable.

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