Hoy es oficialmente el último sábado que estaremos en Morichalito… ¡pero vaya sábado!
A la ya rutinaria misa mañanera, la limpieza de la casa y el continuo conteo de visitantes, hemos añadido un par de viajes, varias despedidas, conversaciones y, para rematar, una rica hamburguesa.
Nuestra primera parada fue Chaparralito. Allí no hay muchos niños, pero algunos acuden al campamento y ya habíamos compartido momentos con ellos. Llevamos chupetas, y ganas de conocer un poco más de la comunidad. Para Madre Isabel fue un momento especial: por fin ponía rostro y paisaje a las historias que otras misioneras le habían contado.
Después, nos dirigimos a Ekunay por última vez. Repartimos las últimas chupetas y, como siempre, los niños aparecían de la nada para recibirlas… incluso intentando conseguir una segunda con artimañas que ya conocemos bien. Entre juego y juego, nos despedimos con un nudo en la garganta y el estómago recordándonos que era hora de volver a casa.
En casa nos esperaba un pescado kaliente, pero menos mal que Madre María nos conoce bien y preparó también un arroz “con cosas” para los menos aficionados al pescado.
La siesta de hoy ha sido casi inexistente para algunos, ya que hemos estado (más bien Madre Isabel) cuadrando el dinero usado y el que dejamos aquí. Todo ha encajado perfectamente. Con esa tranquilidad, nos hemos dirigido a la comunidad de El Palomo, pero en el camino nos ha sorprendido un aguacero que puso a prueba las habilidades al volante de Madre Yajaira. Ni que decir tiene que la superó con matrícula de honor. Al llegar, con la lluvia aún encima, no nos recibió nadie: bueno, un niño que nos dijo que todos estaban durmiendo. Una pena, aunque Olalla tuvo la ocurrencia de ponerse a cantar canciones de misa, lo que hizo muy ameno el viaje de regreso.
En Morichalverde nos aguardaba otra despedida. Entre chupetas, abrazos y los “lanzamientos” de niños por parte de Mateo —bajo la mirada atenta de Yajaira—, despedirse fue difícil. Esta comunidad nos ha acogido siempre con cariño sincero, y Alma tuvo que disimular alguna lágrima. La providencia quiso regalarnos un momento de alegría inesperada: el tren de bauxita cruzó por Morichalito y, gracias a los gestos de Mateo o al claxon de Yajaira (aún no hay consenso), nos saludó con un toque de bocina que nos hizo sonreír como niños.
Los Pijiguaos fue la penúltima parada. Allí saludamos a Yunny, directora del colegio, y a su esposo Julio. Con un refresco en mano, hablamos de la realidad de Venezuela, de las dificultades para que las familias puedan ahorrar y de la necesidad de reparar la pequeña capilla del pueblo. Escucharles fue duro, pero también encendió en nosotros el deseo de seguir apoyando esta tierra. Pudimos haber nacido aquí, vivir sus mismas dificultades, y esa certeza nos hizo reflexionar sobre la inmensa suerte que tenemos. Incluso empezamos a soñar con compromisos concretos para el próximo año.
De vuelta en Morichalito, última parada del día: hamburguesa en El Paisa. Esta vez, sin queso ni salsas de queso para que Alma, por fin, pudiera probarla.
Ahora, mientras escribimos estas líneas con el cansancio en el cuerpo y la gratitud en el alma, ponemos en manos de Dios el futuro de esta comunidad. Nos queda una semana más… y la viviremos como lo hemos hecho hasta ahora: dando lo mejor de nosotros, con el corazón abierto y la certeza de que aquí, en este rincón del mundo, hemos recibido mucho más de lo que hemos dado.










