Consuelo 2019

Tres deseos me saben a poco

Cuando decidí apuntarme al proyecto, no tenía en mente ningún objetivo. No pretendía sacar nada en claro, es más, lo único que sabía con certeza era que algo cambiaría.

Ahora, que el proyecto prácticamente ha terminado, algo tengo claro.

Mi primer deseo es no olvidar. Miradas, palabras, gestos… El valor de las cosas se convierte en algo subjetivo cuando ves a estos niños sonreír. El último día de curso hemos organizado una GYMKANA, en la que cada profesor tenía una estación y los alumnos iban rotando. Dentro de la pequeña locura de cada prueba, hemos descubierto sonrisas y diversión.

Al acabar, tanto profesores como alumnos, hemos celebrado bailando y cantando. 

A continuación, Almudena, profesora del taller de baile, ha organizado una competición de baile y canto de las canciones que han trabajado en clase. Con gritos de guerra y “bullas”, como dicen aquí, los alumnos iniciaban sus actuaciones, dispuestos a conseguir que el barrio entero les escuchase y dejar a sus profesores boquiabiertos con sus movimientos.

La mañana terminaba con despedidas de cada profesor con sus alumnitos. Nos hemos ido a casa cargados de esos recuerdos, esas miradas, abrazos… de los que hablaba. La profe Ana, además, tuvo que acompañar a una de sus alumnas a su casa, puesto que estaba enferma y tenía mucha fiebre.

Mi segundo deseo es aprender a aceptar. Por la tarde hemos ido a repartir ropa por otro barrio de la ciudad. Es inevitable que no se apodere de ti la impotencia. Lo que más me sorprendía es que, aún con la cantidad de problemas que podíamos observar a nuestro alrededor, nosotros entregábamos una camiseta y parecíamos regalarles el mundo entero. Calles embarradas o de piedras, casas inestables e inseguras, problemas de infraestructura en general… y ellos contentos con una simple camiseta. El tío Julio, como siempre, nos hizo llegar a las familias con mayor necesidad.

Fue sorprendente, también, encontrarnos a nuestros alumnos y conocer sus hogares. Íbamos caminando y, de repente, oíamos nuestro nombre desde el otro lado de la calle. Antes de decir nada ya nos estaban abrazando. Fue especial ver alumnos que no pudieron venir el último día del curso y que pensábamos que no volveríamos a ver.

Mi tercer deseo es para ellos. Para todas esas personas que, durante un mes, me han hecho sentir en casa. Para que se cuiden y nunca pierdan esa sonrisa que crea la magia tan contagiosa de este lugar.

Mis tres deseos me saben a poco. Porque aunque este proyecto esté a punto de terminar, estoy segura de que Dios nos hará vivir más experiencias que nos hagan sentir y crecer. Y a todas las personas que dejamos aquí, les seguirá ayudando a no perder la sonrisa ni el brillos de sus ojos. Ya esperan a los profes del próximo verano.