Qué preciosa homilía nos ha regalado hoy el padre de la capilla del colegio de Ciudad Bolívar, y qué palabras tan bonitas de despedida ha dedicado a Madre Yajaira. Los dos se conocían de la etapa que Yajaira vivió aquí durante seis años, y se notaba de verdad el cariño entre ambos. Incluso nos ha hecho salir a presentarnos, aunque, por suerte, Yajaira nos echó un cable y lo hizo por nosotros.
Así comenzaba un domingo agridulce, un domingo de 36 horas. Y es que hoy —¿o ayer?— volábamos a España, y con el cambio horario uno ya no sabe en qué día vive.
Para aprovechar al máximo el tiempo, hicimos primero una brevísima visita al colegio de Nazaret, en la expansión de Ciudad Bolívar. Un colegio en mitad de la nada, en la zona más pobre de la ciudad. Podría decir que nos sorprendió, pero a estas alturas sabemos que las madres concepcionistas siempre están en los lugares más desfavorecidos. Aquello solo reafirmó la buenísima imagen que los misioneros ya teníamos de la congregación. Llegamos en un coche que bautizamos como “el papa móvil”: toda una experiencia.
De vuelta en casa, y ya con el “tetris” de maletas encajado en la camioneta, pusimos rumbo a Puerto Ordaz, desde donde saldría nuestro vuelo a Caracas. El trayecto dura una hora y, como éramos siete personas, se sumaron a nosotros Neila —sobrina de Madre María— y Wilson, un profesor del colegio de Bolívar, que debían devolver la camioneta. Mateo y Alma viajaron en la parte trasera junto a las maletas. Imaginaban un trayecto ameno, con hasta dos cervezas listas para disfrutar por el camino… pero nada más lejos de la realidad. El “tetris” no estaba tan bien encajado y tuvimos que parar tres veces en plena autopista para reajustar todo porque las maletas se caían. Una vez más, Madre Yajaira sacó sus superpoderes y, con una clase magistral de nudos marineros, resolvió la situación.
En el aeropuerto solo quedaba esperar el vuelo y cambiarnos rápidamente a nuestras camisetas naranjas. Pero ¡oh, sorpresa! La botella de Mateo se había quedado en la camioneta. Por suerte, Neila y Madre María —con ese don de darlo todo por los demás— consiguieron devolverle el termo justo a tiempo para embarcar.
Al llegar a Caracas tocó el momento más duro: despedirnos de Yajaira. No sin antes recordarle a la Madre Provincial Mariana que, para la confirmación de Mateo, Yajaira tenía que estar presente. Veremos si la indirecta surte efecto y la vemos por España a principios del año que viene.
Después, facturamos y pasamos el control de pasaportes sin demasiada espera. Con casi tres horas por delante en la puerta de embarque, hubo tiempo de sobra para que Olalla y Mateo buscaran su hamburguesa, mientras Isabel y Alma, ya casi recuperadas, optaban por algo más ligero para no arriesgarse en pleno vuelo.
Y, casi sin darnos cuenta, ya estábamos embarcando rumbo a la capital de España. Todo fue tan rápido que nos preguntábamos si realmente éramos conscientes de lo que dejábamos atrás. El tiempo nos permitirá reflexionar y ver con perspectiva las semillas que quisimos plantar en Morichalito, tanto en el colegio como en las comunidades indígenas. Qué suerte la nuestra de haber recibido tanto cariño y amor de Venezuela. Aquí se queda una parte de Madre Isabel, Alma, Olalla y Mateo. Los misioneros de este año… bueno, de este año y de siempre, porque la misión continúa, solo que ahora desde nuestras casas. Este proyecto seguirá, y nosotros estaremos ahí para apoyarlo el resto de nuestras vidas.
Gracias a todos los que nos habéis acompañado durante este mes: familia, amigos y quienes habéis colaborado desinteresadamente con la causa. Hemos sentido vuestro cariño, y eso nos ha ayudado a dar lo mejor de nosotros.
¡Janepana! ¡Adiva! ¡Gracias!











