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Un Domingo diferente, un final inolvidable

20 de julio de 2026

 

Después de varios días de actividad intensa, hoy el plan parecía sencillo: descansar un poco y recargar energía. El problema es que, el cuerpo ya funciona con horario local. Así que, aunque la intención era dormir un poco más, a las ocho de la mañana ya estábamos todos en pie, sin necesidad de despertador… ni siquiera del famoso gallo.

Los domingos también forman parte de la misión, aunque de una forma diferente. Aprovechamos la mañana para poner un poco de orden en la casa: recoger habitaciones, hacer las coladas y dejar todo preparado para comenzar una nueva semana con energía. Son esas pequeñas tareas del día a día que, cuando se comparten, también crean comunidad.

Y, como todo buen domingo también deja tiempo para descubrir un poco más la cultura del lugar, Cristina aprovechó para hacerse las tradicionales trenzas, igual que las mujeres de la zona, fue madre Joel, que con mucha habilidad ha realizado un trabajo espectacular. Además de estrenar peinado, se llevó un bonito recuerdo y una experiencia más de todo lo que Camerún nos está regalando.

A las once participamos en la Eucaristía dominical en la iglesia de Konkana. Como cada domingo, el templo estaba repleto de familias que acudían con sus mejores galas, haciendo de la celebración toda una fiesta. El coro puso la banda sonora a la misa con una alegría y una energía difíciles de explicar. Aquí no se asiste simplemente a la Eucaristía: aquí se vive, se canta y se celebra con todo el corazón.

La tarde la dedicamos a seguir poniendo a punto el colegio. Aprovechamos para realizar algunos arreglos de electricidad en el aula de informática, dejando preparado el espacio para que los alumnos puedan seguir aprendiendo durante las próximas semanas. Son pequeños trabajos que quizá pasan desapercibidos, pero que también forman parte de nuestra misión y ayudan a mejorar el día a día del colegio.

Y, como ya empieza a ser costumbre, adelantamos la cena para vivir otro de esos momentos que unen a cualquier grupo de españoles, estemos donde estemos: un partido de fútbol. Nos sentamos delante de la pantalla con los nervios propios de una gran final, sufriendo cada jugada y mirando el reloj más de una vez. España nos tuvo con el corazón en un puño hasta el último minuto, de esos partidos que parecen no acabar nunca y que ponen a prueba el corazón de cualquier aficionado. Pero la espera mereció la pena: ¡España se proclamó campeona del mundo!

Los gritos de alegría resonaron incluso a miles de kilómetros de casa. Por un momento, Camerún y España parecían estar un poquito más cerca. Fue una celebración inesperada, vivida en un lugar muy distinto al habitual, pero rodeados de personas con las que estamos compartiendo una experiencia que difícilmente olvidaremos.

Fue un domingo tranquilo, sí, pero también de esos que recuerdan que el descanso no siempre significa quedarse quieto. A veces consiste simplemente en compartir tiempo, cuidar de la casa, descubrir un poco más la cultura que nos acoge, celebrar la fe, preparar lo que está por venir… y disfrutar juntos de las pequeñas alegrías que nos regala el camino.

Porque en Camerún estamos descubriendo que incluso los días más sencillos acaban convirtiéndose en recuerdos para toda la vida.

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