El despertar hoy ha tenido el mismo aroma de siempre, con la misa de las siete como punto de partida. Pero la rutina era distinta; nos esperaba un viaje de esos que se quedan grabados. Tras el desayuno, cargamos el coche y nos organizamos como buenamente pudimos: Ana Rosa al volante, mientras las hermanas, Marisol, Bárbara y Fran hacían malabares entre bolsas en los asientos delanteros. Atrás, en el maletero, Christian, Miguel, Andrea y Esperanza se acomodaban entre cajas y cojines, listos para aprovechar el trayecto y recuperar fuerzas con la primera siesta del día.
El destino inicial era Mocom. Allí nos esperaban las hermanas, que realizan una labor incansable, y nos abrieron las puertas de su casa con una hospitalidad que nos hizo sentir como en familia desde el primer minuto, compartiendo con nosotros comida y bebida. Entregamos las cajas de medicamentos para el centro de salud que gestionan, un gesto pequeño comparado con el esfuerzo que ellas despliegan cada día. Después, nos invitaron a pasear por el pueblo y a conocer el colegio; ver de cerca todo lo que logran levantar con tan poco fue una lección que nos llevamos grabada.
El viaje continuó hacia Ebebiyin. Allí, sentados a las puertas de un supermercado, compartimos una comida sencilla entre risas y descanso, disfrutando simplemente de estar juntos en esta experiencia. Después, llegamos hasta la frontera con Camerún; un lugar vibrante, lleno de música y bailes que nos contagiaron su energía. Continuamos hasta la catedral, allí, de entre todo lo que nos impresionó, nos quedamos con Andrés: un niño encantador que, con una sonrisa de oreja a oreja, se convirtió en nuestro guía por el obispado y, por supuesto, en nuestro fotógrafo personal.
El regreso a Evinayong no se quedó atrás. Pasamos frente a La Paz, la nueva capital, y, por fin, el sol logró abrirse hueco entre esas nubes que nos han acompañado durante todo el mes. Fue solo un instante de cielo despejado, pero suficiente para confirmar lo que ya sentíamos: que aquí no necesitamos que el sol brille para que las cosas deslumbren; la luz, realmente, la ponen las personas que nos hemos ido encontrando.
Para cerrar el día, cenamos unos tomates que la hermana Marta eligió con tanto mimo en un puesto de camino a casa, os aseguro que supieron a gloria. Y así, con el sabor de lo sencillo y el corazón lleno de nombres y paisajes, terminamos esta jornada, un día de camino, de encuentros y, sobre todo, de mucha vida.
