Amanece en Bata, para nosotros a la misma hora que en Evinayong. A las 7, misa, esta vez en la catedral, que es más grande y amplia que las otras en donde hemos estado. Hoy todo es distinto. Hoy no trabajaremos con los niños, ni en el colegio, ni en el instituto. No nos hacemos todavía a la idea. Hoy es 3 de agosto, festivo en Guinea Ecuatorial. La catedral estaba llena.

Después de un completísimo desayuno que nos ofrecen la hermana Lucrecia y la aspirante Auxi, nos ponemos a trabajar. Hay muchos exámenes que corregir. Al hilo de un examen u otro, vuelven a nuestras bocas nombres de tantos chavales que nos han marcado. Incluso aquellos que más guerra dieron, se les tiene especial recuerdo.

Hoy también es día de visitas a la casa de las Concepcionistas. Dos artesanos se han pasado por aquí para ofrecernos sus manufacturas y alguna compra se ha hecho. Hasta ha habido algún encargo. Este sábado es también día de descanso para nosotros, y para conocer la ciudad y sus productos.

Hemos cogido la camioneta para llegar a un barrio donde pudimos mezclarnos en el ambiente cotidiano. Tras andar un trecho, nos adentramos por un callejón cuesta abajo donde se suceden los puestos. Primero, de comida y luego, de textiles. Conocimos a la abuela Pilar, que ya le es familiar a Lucrecia. Los ojos no paran de moverse ante tanta novedad y productos. En lo que parecía una oquedad en la pared, donde dejar trastos los tenderos, descubrimos un pasaje estrecho. Una callejuela techada con uralita opaca y traslúcida para dar algo de luz a este pasillo donde todo eran sastrerías o tiendas de telas. Muchas estaban cerradas por la festividad, lo que nos permitió movernos a nuestras anchas, y, pese a la oferta disminuida, era la mayor que habíamos visto hasta ahora. Posteriormente, fuimos con la camioneta a un solar donde unos conocidos de la hermana, que sabe que padecen necesidad, nos ofrecieron sus productos en madera.

Comer, descansar, comentar la experiencia de la mañana y algún examen más corregido, ocupan las primeras horas de la tarde. Finalmente, decidimos salir a echar un vistazo por el paseo marítimo. Aquí el clima es más templado; para Martina, ¡calurosísimo! El paseo marítimo es un ejemplo de lo que significa ser un país de contrastes. Tiene zonas de recreo para los más pequeños, una cuidada balaustrada que protege al viandante del oleaje, hoteles y locales para tomar algo en sus terrazas. En el paseo, vemos el consulado español. Imprescindible una foto. Hay morriña del hogar.

Es de los paseos más largos que hemos dado, creo. Y es una ocasión perfecta para, relajadamente, hacer comunidad misionera, y contarnos nuestras impresiones de la estancia, de Bata y el país, o simplemente de nuestras vidas y lo que nos espera al regresar. De lo que hay que estudiar o trabajar, de nuestros proyectos, de nuestros seres queridos, del tiempo tan genial que estamos aprovechando aquí.