Amanecer en calma: Elegir la gratitud
Esta mañana, mis oídos se han centrado en el canto de los pájaros más que en el cacareo del gallo.
Al comenzar el día, siempre tenemos dos opciones: dar gracias a Dios y confiar, o empezar con pensamientos negativos, que al final, no nos aliviarán nada.
Como cada día, nos acogen los laudes y la Misa tempranera para empezar con el corazón puesto en lo importante el Señor y nuestros niños.
La jornada escolar es un auténtico torbellino. Entre el ritmo de las clases , preparación de exámenes y los talleres donde ya estamos preparando con ilusión el baile final, el tiempo vuela sin darnos cuenta. Cuando llega la una del mediodía, es imposible no sentir que la jornada ha sido una verdadera montaña rusa de emociones. Es ese momento en el que el cansancio se mezcla con la satisfacción y el cariño, y te das cuenta de lo mucho que se vive y se siente aquí.
De camino a Mbe, justo al salir de Evinayong, nos cruzamos con dos alumnos de la esba. Sin pensarlo dos veces, les pedimos que suban para acercarlos a casa, y comentamos cuánto tiempo llevarán caminando y lo mucho que les cuesta llegar a casa cada día. Son esos pequeños encuentros los que te hacen valorar tanto la rutina de quienes te rodean.
Seguimos nuestro camino en busca de la casa fotografiada, os acordáis? hicimos una promesa. Tenemos ya todo preparado, Madre Ana Rosa en un pis pas esta mañana fue a comprar todo lo necesario para los bebés, leche, agua, pañales, comida para la familia. Al llegar nos recibe Maja así se llama nuestra abuela protagonista, nos invita a conocer a sus nietos recién nacidos. Allí están en un colchoncito durmiendo plácidamente, Oliver y Olivia, los ahijados de Marisol y Bárbara. Al despedirnos nos encontramos con unos chicos que venían cargados con yuca para la familia. Al ver que la familia no podía costearla, una voluntaria se encargó de pagarla. Un gesto sencillo que significa muchísimo.
Pero lo mejor del día estaba por llegar. En mitad del camino vimos una línea negra atravesando la ruta. Frenamos en seco: eran miles de hormigas trabajando en equipo. Bajamos del coche y, durante unos minutos nos olvidamos de ser adultos para observar el desfile con la misma curiosidad que unos niños.
El momento «comedia» llegó al volver al coche: gritos, risas y aspavientos de Crhistian y Esperanza. Alguna hormiga se había colado y se llevaron un buen mordisco.
Ahora solo nos falta el último ingrediente de esta aventura: encontrarnos con un elefante. Bueno, pensándolo mejor… ¡esperemos que no!
Llegamos al pueblito de Mbe nunca defrauda. Tiene esa magia capaz de transformar una tarde cualquiera en un recuerdo imborrable. Ver a cada voluntario entregado, conectando con los niños, es pura alegría. La tarde se nos pasa volando entre pintacaras, la emoción de las pompas de jabón —que, hay que decirlo, ¡siempre son un éxito rotundo!—, la creatividad con la plastilina, los partidos improvisados con balones y entregar medallas a las mujeres. Pero, más allá de los juegos, también es importante esa unión tan especial al compartir risas y cantar juntos a Jesús. Además la generosidad se transforma al irnos en plátanos, yuca y tubérculos que los niños nos ayudan a cargar en el coche.
El final del día es un momento muy especial en Evinayong. Aquí, el atardecer parece detenerse el tiempo. El cielo se transforma, la temperatura se vuelve perfecta y esa calma envolvente nos regala el mejor de los descansos. Es ese instante en el que simplemente respiras, sientes el silencio del lugar y agradeces, con el corazón lleno, todo lo vivido durante el día.
