Buenos días, mundo.
Como cada mañana, arrancamos el día con el corazón bien abierto y las sandalias todavía medio dormidas. A las 07:00 acudimos a misa, nuestro despertador espiritual, y a la vuelta nos esperaba el desayuno, ese momento sagrado donde el café hace milagros.
Después de comer, la Madre Wivine me ayudó a preparar el taller de “Aprender compartiendo”. Hoy desayunamos toda la clase junta: bocadillo de mantequilla con mortadela y buñuelos. Pero antes de hincarle el diente, rezamos un Padre Nuestro por la Madre Milagros, para que siga acompañándonos con esa fuerza y ternura que este mundo necesita. Porque sí, hay gente que simplemente hace que todo sea mejor… y ella es una de esas personas.
El taller salió genial. Por un día, los niños no solo aprendieron lengua y mates, sino valores humanos. Por las cartas que me han ido entregando, creo que hemos dejado nuestro pequeño granito concepcionista: seguir adelante, dar amor sin medida, respetarnos unos a otros y construir un mundo un poquito más bonito para todos.
Después tocó comer (como siempre, todo súper rico) y hoy… ¡hubo siesta! Viva la siesta, patrimonio de la humanidad. La aprovechamos como si fuera la última del mes.
Al despertar, retomamos las brochas para terminar de pintar lo que quedaba y organizar camisetas y otros lotes que entregaremos a los niños el viernes. Cuando acabamos, tuvimos un rato de tiempo libre antes de comenzar la oración de vísperas.
Luego cenamos, charlamos un rato en grupo y nos fuimos a la cama. Mañana nos espera otra batalla, pero de las buenas: una batalla de amor hacia los demás.
